
Hurry sickness: El costo invisible del afán constante
Lo que está pasando en tu mente y en tu vida cuando no logras salir del modo urgencia
Vivimos en una cultura que premia la velocidad
En nuestra profesión el afán no es sólo frecuente, es validado.
Responder rápido, tener la agenda llena, moverse entre múltiples conversaciones al mismo tiempo, se interpreta como eficiencia, compromiso o incluso excelencia profesional. Con el tiempo, ese ritmo deja de sentirse como una exigencia externa y empieza a vivirse como un estado interno permanente.
A eso es a lo que algunos autores han llamado hurry sickness: una forma de operar marcada por la urgencia constante. Un estado en el que el sistema nervioso deja de alternar entre momentos de activación y descanso y pasa a vivir sostenidamente en alerta. Con el tiempo, esto termina afectando la forma en que pensamos, decidimos y experimentamos la vida.
No es un concepto menor. Distintos enfoques en psicología cognitiva y comportamiento organizacional han mostrado que los estados de urgencia sostenida no solo afectan la percepción del tiempo; afectan la forma en la que el cerebro procesa la información y, con ello, la calidad de nuestras decisiones.
Qué está pasando en el cerebro cuando vivimos con afán
El cerebro no está diseñado para sostener múltiples tareas complejas al mismo tiempo.
Lo que realmente ocurre no es multitarea, sino un cambio constante de atención entre tareas (task switching). Cada vez que hacemos ese cambio, el cerebro necesita reconfigurarse. Ese esfuerzo, repetido a lo largo del día, incrementa la carga cognitiva y genera fatiga mental. Ya en 2001, Rubinstein, Meyer y Evans mostraban cómo este cambio de tareas tiene un costo cognitivo real, que aumenta a medida que las tareas se vuelven más complejas.
Por otro lado, estudios recogidos por la American Psychological Association han documentado que este tipo de dinámica puede reducir la productividad hasta en un 40% y aumentar significativamente la probabilidad de error, lo que termina reflejándose en más desgaste, más interrupciones y menor precisión.
En la misma línea, Ophir, Nass y Wagner, en un estudio de 2009 de Stanford University, encontraron que la exposición constante a múltiples estímulos deteriora la capacidad de concentración, dificulta filtrar información irrelevante y reduce el control cognitivo, afectando la capacidad de sostener la atención.
Desde la neuropsicología también se ha observado que cuando el cerebro interpreta el entorno como urgente de forma sostenida, activa mecanismos asociados a la amenaza, lo que se ha asociado con alteraciones en la regulación emocional. Aparecen irritabilidad, menor tolerancia a la frustración, menor claridad en el pensamiento y una reducción en la capacidad de reflexión profunda que favorece respuestas más automáticas, menos pensadas.
El sistema nervioso entra en un estado de alerta que, si se mantiene en el tiempo, deja de ser una respuesta puntual y se convierte en una forma de funcionamiento. Cuando la carga mental aumenta, la calidad de la toma de decisiones disminuye.
Y, lo peor, cuando este estado se repite, el cerebro se entrena en él. Dejamos de entrar y salir del modo alerta y empezamos a vivir ahí.
Cuando el afán se convierte en desgaste
Esto no ocurre de un día para otro, es un proceso progresivo. Desde la investigación en funciones ejecutivas, sabemos que la calidad del análisis depende de la capacidad de sostener la atención. Cuando la atención se fragmenta, el pensamiento se vuelve más reactivo y menos profundo.
Esto es especialmente relevante en el derecho, donde muchas decisiones no dependen de la rapidez, sino de la capacidad de comprender matices, anticipar escenarios y sostener líneas de razonamiento complejas.
El impacto no se queda en el trabajo, se empieza a notar en el estado mental y emocional con el que vivimos en el día a día, en la forma en la que llegamos a nuestras casas, en cómo sostenemos nuestras relaciones y en la sensación constante de no poder soltar del todo el día.
Distintos estudios del sector legal han documentado niveles elevados de desgaste profesional. Krill, Johnson y Albert, en un estudio de 2016 publicado en el Journal of Addiction Medicine, encontraron una prevalencia significativa de problemas de salud mental en abogados, incluyendo depresión, ansiedad y estrés, así como niveles relevantes de consumo problemático de alcohol.
En la misma línea, el informe global de la International Bar Association sobre bienestar en la profesión legal evidencia que una proporción considerable de abogados experimenta altos niveles de estrés, agotamiento y dificultades para sostener un equilibrio entre la vida profesional y personal, lo que confirma que no se trata de casos aislados, sino de un fenómeno estructural dentro del ejercicio del derecho.
Por su parte, el informe de la American Bar Association sobre bienestar en la profesión legal advierte que estos niveles de desgaste tienen implicaciones directas no solo en la salud de los profesionales, sino también en la calidad del servicio jurídico y en el funcionamiento del sistema en su conjunto.
En mi experiencia, es frecuente encontrar abogados que están operando en niveles de desgaste que se acercan claramente al burnout, muchas veces asociados no solo al volumen de trabajo, sino a la presión constante, al afán con el que viven el día a día, a la dificultad para desconectarse y, en no pocos casos, a una falta de claridad frente al propósito del rol que están ejerciendo.

Un ejercicio para detectar el afán en tu propia vida
Durante algunos días, elige una franja del día en la que suelas sentir mayor presión o urgencia. No necesitas modificar nada, solo observar con atención.
Fíjate en cuántas veces cambias de tarea sin haber terminado la anterior. En los momentos en los que respondes de forma automática, sin el nivel de atención que la situación requiere. En tus conversaciones, si realmente estás escuchando o si tu mente ya está en lo siguiente.
Observa también los momentos cotidianos: comer, caminar, cerrar una reunión. Ahí el afán suele pasar más desapercibido.
Al final del día, hazte una pregunta sencilla:
¿Hoy trabajé con presencia o desde la urgencia?
Después de varios días, empieza a identificar patrones. Muchas veces el afán no está en todo, sino en momentos específicos que se repiten y que terminan marcando la forma en la que vives el día completo.
El problema del afán constante no es únicamente el cansancio. También cambia la forma en que experimentamos el trabajo y la vida. Los momentos pasan más rápido, las conversaciones pierden profundidad, la atención se dispersa y, poco a poco, la vida empieza a sentirse más pesada.
Pro tip: Escribe a mano. Es una forma simple de hacer una sola cosa a la vez. Nota qué pasa con tu nivel de concentración y de calma. Obsérvalo lo suficiente como para poder anclar ese estado y volver a él de forma intencional.
Reflexión final
El afán constante no es solo un problema de carga de trabajo. Es una forma de funcionamiento que termina instalándose en la manera en que pensamos, decidimos y vivimos.
Y cuando ese estado se normaliza, dejamos de cuestionarlo. Seguimos respondiendo, seguimos cumpliendo, seguimos avanzando, pero cada vez con menos claridad, menos profundidad y menos conexión con lo que realmente estamos construyendo.
En ese punto, el problema deja de ser operativo y empieza a ser estratégico, porque no se trata únicamente de cuánto trabajo tienes, sino de cómo estás estructurando tu forma de trabajar y de vivir.
Esto no se resuelve con descansar un fin de semana ni con organizar mejor la agenda. Requiere detenerse, tomar distancia y revisar con intención qué se está construyendo y si la forma en la que estás viviendo y trabajando es sostenible en el tiempo.
Diseñar de forma consciente la manera en la que quieres ejercer tu profesión y vivir tu vida deja de ser opcional, porque un profesional sin equilibrio, tarde o temprano, se quema.
Adriana Zapata V.
LegalWell - Estratega Personal y Empresarial.
Abogada · Coach · Mentora
“Menos ruido, más estrategia”
